Juegos infantiles de Rubite

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Resbaladizos

Hace unos años no había toboganes pero no importaba ahí estaba el ingenio de la infancia y el valor para hacer sus propios toboganes.

Se llamaba el resbaladizo porque se resbalaban por ellos a unas velocidades que ya quisieran para sí algunos conductores. Buscaban una pendiente de tierra que casi siempre era formada por escombros de la construcción que en muchas ocasiones podía pasar del 70%, claro que las más pendientes sólo eran para los expertos.

Empezaban mojándola con un poco de agua para que la tierra se asentara y compactara, pero si el agua estaba lejos tampoco había problema, se colocaban en grupo en la parte superior y a orinar se ha dicho, el paso siguiente era dejarse ir unas cuantas veces paracer la huella e ir dándole forma y cuando querían que fuera realmente rápìda le picaban trozos de cumba y entonces había que tener valor para dejarse ir pendiente abajo. Estas primeras veces estaban reservadas para unos pequeños que hacían de pilotos probadores hasta que la pista estaba practicable y en ese momento entraban en acción los más expertos.

En cuclillas apoyando un solo pie en el suelo y el otro adelantado para intentar guardar el equilibrio se dejaban caer pendiente abajo. Los más grandes utilizaban un trozo de tabla de tonel ligeramente arqueada para deslizarse y esto si que era realmente fuerte pues se bajaba la pendiente a unas velocidades endiabladas y como todos pueden imaginar el problema eran los frenos.

Aunque parezca mentira, eran capaces de parar al final. Pero claro, no siempre, así que el que no podía, rodaba pendiente abajo hasta que por fin podía hacerse consigo mismo.

Pero todo esto era la parte lúdica porque a continuación venia lo peor ¿como llegar a casa con el pantalón lleno de barro y en ocasiones roto?. También tenían sus propias soluciones. Se sentaban sobre los manrubios que siempre crecían en esos sitios y esperar algunos minutos para que se secara el barro y después sacudirse lo mejor posible y que sus madres no se dieran cuenta pues de lo contrario había ración de alpargata, pero nada de eso importaba si lo habían pasado bien


El papus

Pero tampoco tenían patineta, ni patines y menos aún bicicleta, por lo que había que agudizar el ingenio para darse algún paseo en algo que se moviera y no fuera un mulo o el burro, a la sazón, el único medio de transporte existente en nuestra comarca. Recuerdan un motocarro que venía al pueblo a comprar higos y almendras y que le apodaban el "Papus". Su apodo era debido a su característica bocina de pera que sonaba precisamente de esa forma.

Toda aquella generación se acuerda de aquellos cacharros que en definitiva era un motor de moto a la que se le engachaba un cajón para poder transportar infinidad de cosas y que a falta de otros medios de transporte mejores, sacaban de apuros a nuestra sociedad de aquellos años que ya empezaba a salir de la miseria endémica padecida y soportada con resignación y mucho trabajo. Estos ingenios tenían tan poca potencia y caminaban tan lentamiente que a veces se bajaba el conductor a empujarles para poder coronoar las pendientes tan rigurosas de nuestra orografía y cualquiera podía adelantarles caminando. Eran vehículos más de andar por casa, más domesticados, hasta cierto punto más entrañables, no como hoy que conducir un vehículo te supone una concentración extrema y aún así, al menos descuido, te traicionan y te mandan a la cuneta cuando menos.

Pues bien, ahí es donde entraban los niños. Cuando venía el "papus" todos los niños se apostaban preferentemente en la curva de la trinchera a la espera de su paso por la curva donde la velocidad era menor y procurando que el conductor no se apercibiera de su presencia,se lanzaban a engacharse a su caja y así poder darse un paseillo hasta que el conductor se diera cuenta. Craso error, el conductor se daba cuenta inmediatamente pero no podía hacer nada más que maldecirlos y desproticar, ya que si paraba en la cuesta , no podía ponerse de nuevo en marcha dada la escasa potencia del motor por lo que tenían asegurado el paseo como mínimo hasta el llano de la cruz de los caidos. Aquí eran donde el asunto se ponía peliagudo o simpático, según se mire. Como iba diciendo, en este punto es cuando venía lo bueno ya que el conductor se bajaba del motocarro,y digo se bajaba, porque no lo paraba el cacharro seguía caminando lentamente mientras que cogía piedras de la cuneta y a maldiciones y pedradas los alejaba lo suficiente como para que el intentarlo de nuevo ya no fuera rentable. Cuando creía conseguido su objetivo, daba una carrera alcanzando de nuevo su motocarro y proseguía su camino mientras la chavalería reconsideraba la situación y cambiaba de diversión. Claro que engacharse en el papús era un juego de niños y nunca mejor dicho, si lo comparamos con engancharse a los pocos camiones que en aquellos tiempos se acercaban a nuestro pueblo y mucho más complicado si lo hacían en bajada ya que a la hora de soltarse se planteaba un problema peliagudo de resolver, aquello de la aceleración y deceleración ya saben. No sabían nada de física ni de aceleraciones ni cosas de esas, vamos que las leyes de la física no las conocían de forma teórica pero si de forma práctica y sabían muy bien, pero que muy bien que al desengancharse del camión la inercia les arrastraba, perdían el pie y daban con los huesos en el asfalto, pero lo peor de todo no era dar con los huesos, lo peor era que dieras con los dientes, eso si que era peligroso, pues las paletas podían abrir surcos en el asfalto cuando menos si no se quedaban clavadas en el mismo y ni que decir tiene, que los arroyones de manos, rodillas y cara estaban a la orden del día si no manejabas bien la técnica del despegue. Porque para todo en esta vida se requiere un aprendizaje y una técnica que si no dominas, no eres nadie. Los más grandes les advertían "Tienes que correr un poco y antes de soltarte tienes que dar un empujón al camión". De esta forma evitaban males mayores y salir victoriosos de la hazaña, pero dominar esta técnica tenía sus costes y no siempre se conseguía a la primera.


El tiempo de la fruta

También se hacían excursiones, a veces nocturnas para evitar ser vistos, en busca de fruta. Ahora nuestros niños no quieren fruta, pero en aquellos tiempos para ellos era umn manjar. Los albaricoques, nísperos y ciruelas eran las favoritas. Si iban durante el día tenían que hacerlo con mucho sigilo pues entonces no era como ahora, la fruta era un tesoro y nadie se dejaba robar ni lo más mínimo de sus árboles frutales, por eso había que vigilar el momento en que nadie le spudiera ver, cuando el campo estaba libre allá iban, se subían en los nísperos, albaricoques, perales, higueras brévalas o cualquier otra planta frutal hasta que ya no les cabía más en la barriga. Lo más grave era cuando rodaban sandías o melones, una fruta que casi ningún labrador tenia en exceso, cada agricultor tenía solo algunas plantas y la producción no era excesiva. Ahora qeu el tiempo ha pasado te das cuenta que aquello era una verdadera trastada porque se cuidaban las plantas con mimo para que dieran diez o doce melones o sandías así que cuando entraban en acciñón sin conocer muy bien su madurez y con las prisas, cortaban varias y luego sólo comían la que estaba buena y lo que realmente hacían era destrozar la plantación y el fruto más que comer quedando los resto medio de los maizales


Las albercas

Tampoco tenían piscina pero tenían albercas. Llegando el verano era emocinante. Llegaba el buen tiempo y el calor. Y volvían a ver a sus amigos/as que les traían noticias del exterior. Pero lo que más les interesaba era controlar las albercas. Llegado este momento empezaba a funcionar una red de información nunca creada formalmente, pero que funcionaba perfectamente. Era muy importante saber qué alberca estaba disponible ese día para darse el baño y no sólo disponible, tambieén tenía que ser fiable, me refiero que había que tener seguridad de que ese día el regante de turno estaba ocupado en otras tareas y no podía acudir a sacudirles.

En aquellos tiempos disfrutaban, no como ahora, de muchas albercas, "La fuente de los ríos", de aguas frías y cristalinas; "El lairón", sólo para los más pequeños porque no tenía ni medio metro de agua, pero eso si, muy caliente y agradable aunque sólo podías nadar arrastrando la barriga por el fondo , pero si no había otra cosa allá que iban; "La fuente de la zarza", sólo para los más atrevidos por ser una de las más grandes y no a todos les agradaba bañarse en ella, " La solanilla", a la sólo iban en caso de apuro dada su lejanía; la alberca de Vicente, ubicada en lo que actualmente es el escenario de la pista de baile, y que nunca se supo el por qué de su nnombre, muy cercana y asequible para los más pequeños.

Pero su debilidad era "La sepulturilla" y "El cerrillo"; esta última, todavía en uso con agua cristalina y justo al lado del pueblo. La sepulturilla está algo más lejos pero merecía la pena darse el paseo. Su agua cálida y sus dimensiiones les permitían nadar a placer en ella y además sabían que Mateo no les regañaba, al contrario que otros propietarios que , en ocasiones, te quitaban la ropa y allí les dejaba en pelota picada y teniendo que volver a casa como Dios les trajo al mundo. Pero el cerrillo era mucho más cercana aunque tambíen algo más pequeña. Sus cualidades eran óptimas para darse un baño en la hora del recreo. Cuando salían al recreo echaban a correr y en cuestión de 3 minutos estaban al borde de la alberca, y no tenían que quitarse la ropa pues cuando llegaban ya iban sin ella con lo que directamente iban al lagua, acto seguido se vestían y volvían de nuevo al cole e intentar que sus madres no supieran que habían estado de baños.

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